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YO SOY TU JUSTICIA, ESCENA 1

Una noche más en el club dejando ir mi corazón en los acordes de mi guitarra, fundiendo el sonido con mis emociones completamente desbocadas. Sin control y ya sin la más mínima consciencia de mi misma. Mi guitarra y yo somos lo único que queda en el mundo. Furia, frustración y decepción es lo que mi melodía grita desesperadamente al entonar pesados acordes. Él no ha venido esta noche.

Es casi como si se hubiera convertido en una imperiosa necesidad sentir su mirada grisácea sobre mí. Intentando traspasarme para conocer hasta mi más preciado secreto. Desde hace dos meses la sombra sigilosa que asiste a mis conciertos no ha cambiado sus costumbres. Siempre es lo mismo. Los mismos ropajes oscuros y ceñidos que confunden su figura entre la multitud. Entra discretamente cuando subo a la pequeña plataforma, casi como si espera ese momento para ingresar. Se sienta en la barra. Pide una bebida sin alcohol y posa su penetrante mirada en mí, incitándome a darle mi mejor actuación.

La primera vez que nuestras miradas se cruzaron había burla en sus ojos. Eso me enfureció. El que se mofara sin siquiera conocerme me daba una enorme ventaja. Así que decidí mostrarle que no debía retarme. Con la música podía dominarlo, jugar con sus sentimientos hasta que cayera rendido ante mi destreza.

Había decidido comenzar con un solo lento y pesado. Lo volví a contemplar. En su rostro había escrito un lo sabía.

No tenía pensado dejarlo disfrutar demasiado de sus conjeturas. Fue entonces que decidí elevar el ritmo hasta los cielos combinándolo con mis mejores movimientos. La sorpresa en su gesto fue mayúscula. No se lo esperaba y la verdad yo tampoco. Era la primera vez que sentía tanta emoción. La necesidad de lucirme hervía en mi corazón. No quería que cesara su asombro así que lo mantuve en crescendo hasta que el ritmo me arrodilló sobre la pequeña plataforma. Estaba falta de aliento pero sin voluntad de detenerme. Lo contemplaba altiva en cada momento, sin mostrarle mi flaqueza. Fue ahí que se rindió y su máscara cayó. Había ganado su respeto.

Esa noche fue la primera vez que simplemente me dejaba llevar sobre el escenario. La primera vez que componía en vivo una canción. La ovación de los presentes hacía cimbrar el suelo con euforia. Él me brindó su aprobación y un corto aplauso. Lo tomé, solo por entonces. Por su gesto, sabía que nos volveríamos a ver.

Terminé la melodía con un solo brusco. Sin contemplaciones. Le advertí con ello que no tengo miramientos hacia los que me enfrentan. Con esa acción logré que su mirada de admiración brillara aún más.

Esa noche había tocado únicamente para él. Sin embargo realmente cuestiono que fuera la ganadora de nuestro pequeño juego. Obtuve su respeto. Pero él se robó mi atención. Sus ropajes oscuros escondían su figura delgada y a la vez ensalzaban su belleza natural, incluso hipnótica, me atrevería a decir.

Había entrado con las manos enfundadas en los bolsillos. Vestía unos pantalones de cuero, bastante ceñidos desde mi punto de vista. En la parte superior llevaba una camiseta de tirantes, igualmente negra. En el cuello tenía una cadena de plata que sostenía un crucifijo con un rubí incrustado. Pero lo que más llamaba la atención era su cabello dorado. Destacaba en la multitud como ningún otro. Liso y escalonado con volumen rebelde en la coronilla, además tenía una extraña combinación entre mechas de luz y e